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Vista Previa de mi libro
Pasamos dos meses en la casa de mi abuelita, mientras mi mamá siguió viviendo con Ernesto. Cuando nos fuimos, mi mamá ya estaba preparada para dejarlo; solo necesitaba darle cierre a ese periodo de su vida. Esos meses lejos de nosotros sumaron para que le cayera el veinte del tipo con el que andaba: al final lo vio por lo que verdaderamente era, un vividor. Las mentiras y falsas promesas de Ernesto perdieron su efecto; los frutos de esa inversión en el negocio de carpintería de sus padres nunca llegaron. Para ella fue un golpe que la hizo caer en la realidad. Finalmente se dio cuenta —por ella misma— de que ese tipo no era lo que decía. Pudo ver detrás de ese falso disfraz.
Pero sí hubo un fruto de aquella relación: mi madre quedó embarazada de Ernesto. Devastada y enojada, volvió a Guadalajara. No quería tener nada que ver con ese hombre, ni nada que la recordara a él. Después de todo, había perdido lo más sagrado para una madre —la compañía de sus hijos— y parte de ese dinero de su jubilación, que le había costado tanto ganar. Así que decidió no tener al bebé y optó por abortarlo ingiriendo un remedio casero… El remedio hizo su efecto, pero el feto no se desprendió y quedó muerto dentro de ella, contaminando su cuerpo. Eso le ocasionó una fuerte infección que amenazaba con su vida.
Ese día mi mamá me recogió en casa de mi abuela y, en el camión, tuvo una plática conmigo:
—Hijo, me siento muy mal…
—¿Qué tienes, mamá?
—Fíjate que quedé embarazada de Ernesto y al niño lo tengo muerto dentro de mí; me está contaminando por dentro. Tengo que ir a que me lo saquen, si no me voy a morir…
Ante esas palabras el cuerpo se me puso frío y me llené de preocupación. Mi madre se miraba pálida y a punto de desfallecer. Me decía que se sentía muy mareada, que se iba a desmayar. Trataba de ser fuerte, pero sus ojos transmitían mucho miedo; ella sabía que su situación era complicada. Me dijo:
—Tenemos que ir a un hospital; me siento muy débil y estoy mareada…
El autobús nos dejó en la entrada; apenas llegamos al hospital. Ya adentro la revisaron de emergencia y se dieron cuenta luego luego de que estaba muy mal. Me dieron un minuto antes de meterla al quirófano. Mi madre me dijo que me quería mucho, que rezara por ella y que todo iba a estar bien. Su mirada transmitía dolor, miedo y preocupación por lo que pasaría. Inmediatamente se la llevaron.
Yo no sabía qué iba a pasar y temía por la vida de mi madre. Mis ojos se llenaron de lágrimas y fui a una pequeña capilla adentro del hospital. Allí le rogué a Dios que me diera más tiempo con ella; que no se la llevara, que la salvara y saliera bien de esa operación.
Me sentía muy vulnerable esperando a mi mamá sin que nadie lo supiera… porque solo me lo había contado a mí: ni a mis tías ni a mis abuelos. Ser el confidente de mi mamá me hacía sentir una enorme responsabilidad. No le podía contar a nadie más; debía guardarme esa situación.
Era un dolor profundo en el corazón, un secreto que me comía por dentro, pero a la vez cada confesión creaba una cercanía muy fuerte entre los dos: un lazo casi inquebrantable. De cierta forma, me hacía sentir especial que me confiara sus secretos más íntimos. Aunque, en esa situación, mi mente estaba quebrada; yo solo quería que viviera. Pronto ya no tuve más lágrimas que derramar…
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